miércoles, 20 de marzo de 2013

NUEVO PESCADOR EN EL REVUELTO RIO DE LA IGLESIA CATOLICA.

Acabo de comenzar a leer “El poder”,  de Bertrand Russell. Un libro muy ameno sobre el poder  en el que el autor hace reflexiones  que son, a pesar de ser este analizado  en épocas del pasado,  acertadas y muy oportunas para ayudarnos a entender la convulsa coyuntura mundial actual.

En el capítulo titulado “El poder sacerdotal”, Russell habla del poder de la Iglesia, del poder de la Iglesia Católica en la Edad Media, lo califica como un poder tradicional basado en la propaganda. Dice textualmente: “El poder que depende de la propaganda exige generalmente, como en este caso, un valor excepcional y el sacrificio propio en sus comienzos; pero cuando se ha conseguido el respecto gracias a esas cualidades, pueden ser descartadas y el respecto puede ser utilizado como un medio para conseguir ventajas en todo el mundo”. Evidentemente es una inteligente reflexión, propia de alguien de un alto nivel intelectual,  acertada y que comparto. Aplicable en nuestra época  no solo al poder de la Iglesia Católica sino también a otras muchas clases de poderes.
Ayer siguiendo por televisión la ceremonia de  presentación ante el mundo del nuevo Papa Francisco I, la homilía y demás actos y discursos, lo primero que pensé es que razón tiene Russell. La Iglesia Católica desacreditada por sus acciones y por el comportamiento de muchos de aquellos que forman parte de su estructura de poder, basa su poder sacerdotal, el poder de aquellos que se han elegido a sí mismos como dueños y guardianes de la palabra de Jesucristo, no en la fe de los cristianos, cuya mayoría no dieron importancia a dicho acto, sino en la propaganda. Una propaganda minuciosamente planificada, estudiada al milímetro, con actos, gestos, y palabras destinadas a dar a conocer al mundo lo grande y fuerte que es su poder.

La puesta en escena ante el mundo de Francisco I ha sido sin lugar a dudas un excelente acto de propaganda que creo que queda perfectamente resumido y definido con la breve frase de “Bellas palabras y falsos deseos  para encubrir y justificar  malas acciones”.
Pocos de esos pobres, débiles, enfermos, ya no digo presos, a los que dice querer defender Francisco I estaban ayer  presentes  y representados en Roma. Además la ayuda que en nombre de la Iglesia Católica prestan organizaciones como Caritas no es pagada con los beneficios que la Iglesia Católica obtiene de sus múltiples inversiones sino con las ayudas que en forma de impuestos o donaciones hacen cristianos motivados por su fe.

Es cierto que la Iglesia Católica  a partir de  Juan Pablo II se ha extendido mucho por el mundo, aumentando el número de creyentes, pero también es cierto que con numerosas consecuencias negativas para los cristianos pertenecientes a sectores sociales menos pudientes. En  esto de la religión y la moral, como todos sabemos,  tan importante o más que la cantidad es la calidad. La Iglesia Católica crece en cantidad pero su calidad, la calidad de sus creyentes y líderes cada día es menor. Una muestra de ello está en la defensa del ecumenismo hecha ayer por Francisco I. Se defiende la unión con otras religiones no cristianas a la vez que se provoca la división y el enfrentamiento entre cristianos y a costa de que muchos cristianos sean objeto de abusos, persecución, represión y discriminación.
Teniendo en cuenta que en muchos países cristianos hay falta de justicia y se cometen flagrantes violaciones a los derechos humanos, como es el caso de España, considero oportuno recordarles a los miembros de la  cúpula de la jerarquía de la Iglesia Católica, un pasaje de la Biblia que seguro que conocen pero no respectan:

Éxodo 23, 2
No seguirás a los muchos para hacer mal, ni responderás en litigio inclinándote a los más para hacer agravios, ni al pobre distinguirás en su causa.

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