jueves, 29 de agosto de 2013

CONFLICTO EN SIRIA:¿PROTEGER? ¿DISUADIR? ¿CASTIGAR?.


La evolución de los acontecimientos en los países afectados por lo que periodísticamente se ha denominado la primavera árabe, ha puesto de manifiesto que los ciudadanos estamos muy desinformados  a pesar de vivir en lo que se conoce como  la sociedad de la información, época que se caracteriza  porque hay más medios de comunicación que nunca. Ello es debido a que por motivos ideológicos, políticos o simplemente económicos, una cosa es lo que esta pasado sobre el terreno, la realidad, y otra muy distinta lo que los medios nos cuentan. Los medios de comunicación, salvo contadas excepciones, presentaron al mundo la primavera árabe como un proceso democratizador, impulsado por las clases populares utilizando las nuevas tecnologías. Además, durante meses nos estuvieron contando que dicho proceso democratizador era de una enorme fuerza y que estaba teniendo un completo éxito. Hoy sabemos que todo era falso. Los que ayer nos decían que las cosas estaban cambiando en los países árabes del sur del mediterráneo  hoy dicen ser escépticos, y nos hablan de incertidumbre e inestabilidad política. Hoy sabemos que la primavera árabe no era una revolución democratizadora sino un conjunto de revueltas encaminadas a derrocar a los grupos de poder que gobernaban de forma dictatorial para sustituirlos por otros y seguir gobernando de forma totalitaria. Un conjunto de revueltas que lideradas por familias exiliadas buscaban hacerse con el poder aprovechando el descontento social.

Lo ocurrido con la primavera árabe ha dejado claro que  islam y democracia es hoy por hoy incompatible. Las elites gobernantes de los países árabes no son partidarias de respectar el pluralismo político y las libertades fundamentales de los ciudadanos, requisitos imprescindibles para que pueda establecerse un  régimen democrático. El ejemplo más claro lo tenemos con lo ocurrido en Egipto. El partido islamista de los Hermanos Musulmanes, vencedor en las urnas, y por tanto poseedor de la legitimidad democrática,  ha sido apartado del poder por los militares alegando estos que lo hacían para defender las libertades fundamentales de los ciudadanos. Generándose así una compleja situación de difícil solución a corto plazo, al no lograr convivir políticamente los que tienen el poder democrático, la mayoría, con los que disponen del poder de la fuerza, los militares.

Ni siquiera en Libia, país en  el que el  grupo social que gobernaba fue derrotado militarmente, contando las fracciones opositoras con el apoyo militar no terrestre de la OTAN, se ha logrado establecer algo parecido a una democracia. Libia es en estos momentos un país fallido, sin gobierno, en el que el poder se lo reparten  las milicias armadas a las que la OTAN apoyo para derrocar al coronel Gadafi. Libia va por el camino de convertirse en un nuevo Afganistán, un país que no lograra estabilidad política hasta que la comunidad internacional intervenga para garantizarla.  

Pero sin lugar a dudas el asunto más serio en estos momentos es el de Siria, por tres  razones. Primera, porque hay un clara guerra civil, un conflicto interno en el que los grupos armados no están diferenciando en sus acciones entre combatientes y no combatientes. Segunda, porque el régimen sirio de Bachar el Asad ha utilizado armas químicas contra la población civil no respectando así la legalidad internacional y  no haciendo caso a las advertencias de la comunidad internacional occidental, que se opone al uso de dichas armas. Seguramente en estos momentos el ex presidente Bush se esté haciendo la pregunta de ¿Estarían en Siria las armas de Sadam Husein? Y tercera, porque Rusia parece querer utilizar dicho asunto para echarle un pulso a Occidente, algo que podría llevar al mundo a corto plazo a una nueva Guerra Fría.

Las intervenciones militares representan siempre  un coste, no solo económico sino también humano, y por tanto debemos de preguntarnos ¿Por qué y para que la comunidad internacional occidental  debe intervenir en Siria? Debe de hacerlo para defender el principio de responsabilidad de proteger aprobado por Naciones Unidas. Debe hacerlo porque el uso de armas químicas por el régimen de Bachar el Asad además de representar un desafío a la comunidad internacional  supone también  una amenaza para países occidentales, de la OTAN, es decir debe actuar para disuadir o incluso ya castigar. Debe de hacerlo porque como en otras épocas del pasado está en juego la fortaleza o debilidad  de Occidente frente a Rusia y China.

Esperemos que la comunidad internacional haya aprendido de lo ocurrido en Libia y no caiga en los mismos errores. Y  si es necesario actuar  en Siria lo haga, lo hagamos, no como mercenarios, sino  sin temor a pisar el terreno, buscando incrementar la estabilidad y la seguridad, y con objetivos claros, entre los que deben encontrarse promocionar la democracia y defender los derechos humanos.    

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